Lo secuestraron para curarle la homosexualidad, sobrevivió y ahora es actor porno

Cuando Jean Pierre Rosero tenía 27 años, en Ecuador, su familia contrató a unos matones para que lo sometieran a un tratamiento de conversión. Estuvo cautivo hasta que, gracias a la denuncia de sus amigas, una fiscal lo liberó. Se exilió a Buenos Aires, donde logró darle otro sentido al maltrato y la violencia que sufrió de niño

Un hombre camina por el centro de Buenos Aires. Bajo la camiseta, el cuerpo mojado después de entrenar horas en un gimnasio de la calle Lavalle. En el pecho, humedecida por el esfuerzo, una mariposa tatuada es el talismán con el que se protege. Pasado el mediodía en esa zona de la ciudad todo es compra y venta, vocerío, pequeños robos, locales abandonados, parrillas que asan enormes pedazos de carne argentina para turistas, osos de peluche tamaño humano vendiendo regalos navideños. Parado frente a la oferta turgente de una verdulería, de esas justo al entrar a un supermercado chino, Jean Pierre Rosero estudia la mercadería: planea una ensalada que acompañe las dos milanesas de pollo ya compradas. Las cocinará en la freidora de aire en la que prepara toda su proteína. Así, sano, comeremos lo que él prepare en su departamento, un dos ambientes, oscuro y limpio. Juntos. Juntos, igual que juntos entrenamos recién. Dos sobrevivientes de dos generaciones distintas. A salvo. Jean Pierre con el peso del hierro fundido acuciando los músculos para solidificar hombros, pectorales, brazos. Jean Pierre, joven y hermoso, atento a su cuerpo, profesional. Y yo, maltrecho por los viajes, por el exceso de calorías y de alcohol, levantando pesos minúsculos con mi talla el doble de voluminosa. Aun así, después de nuestro encuentro, cuando escapo de su departamento justo antes de que comenzara la grabación de una producción porno con la excusa de mi nueva clase de natación (a la que faltaré), me duelen los huesos, me duelen los hombros, los pectorales, el pecho.

A Jean Pierre no parece dolerle nada. Este viaje diario al gym es de placer. Aquí, en Buenos Aires, donde vive refugiado desde el 5 de agosto de 2023, se encontró con ese modo de sentir el cuerpo. El gran drama en su escuela primaria, además del bullying diario, era la clase de gimnasia, la pesadilla del partido de fútbol donde le apuntaban con la pelota como a un objetivo militar, el empujón, la zancadilla. “Es gracioso que cuando estuve secuestrado querían conformar a mis amigos diciéndoles que yo estaba bien, jugando al básquet. No me gusta ningún deporte, máximo voy al gimnasio por una cuestión estética, pero ni nadar, que me gustaba, pude cultivarlo. O sea, a mí, la bicicleta me da miedo. Aprendí a pedalear como a los quince años, es decir, nunca aprendí”. Aprendió tantas cosas Jean Pierre en ese escaparle a la masculinidad de sus pares. Tanto que aquí está, lejos, lo más lejos que pudo irse de Ecuador hace dos años y medio. El centro de Buenos Aires tiene un ambiente de feria. Pasando el obelisco, límite de la ciudad a la que peregrinamos los “del interior” y los migrantes latinoamericanos como Jean Pierre, el son urbano es el canto de los “arbolitos”. Cambio dólar, cambio, cambio, cambio, taladran como pájaros al amanecer de una resaca. Lo cantan casi siempre varones, jóvenes proletarios con sus ropas gastadas y planchadas; las melenas peinadas con gel, prestos para el intercambio de dólares por pesos, ofertando lo nacional a cambio del cáliz al que le rinde culto este país más que ningún otro. Son los mismos dólares que Jean Pierre compra cada vez que puede para cumplir su sueño, sólo que él no va a las cuevas de su barrio, sino a sus cuentas en cripto, todo su capital en apps virtuales. Acumulando Jean Pierre logrará el departamento propio. No uno, dice. Dos, se propone. Porque aquí, contra todos los pronósticos, en el país de la eterna inestabilidad, Jean Pierre pudo soñar. Es 19 de abril de 2023. Jean Pierre cumplió 27 años. Terminó la pandemia. Jean Pierre, asumido gay desde muy pequeño -en secreto como la inmensa mayoría de los varones homosexuales de Ecuador- , ya tenía su vida marica en una ciudad andina de conservadurismo colonial pero con su under de emancipación y goce. Era un habitué de Spartacus, la disco gay, o de Mandrágora, o de Jet, más paquis pero con onda. O de los after a los que sólo se llega por invitación. Siempre acompañado por sus amigas. Como Diana. O Pamela. Era un chico deseado. Amiguero, gracioso, empático podríamos decir. Tenía amantes aquí y allá: nada fijo, aventuras furtivas con hombres que, como él, ni imaginaban una salida del closet. El artista Oscar Velasco tiene una edad parecida y lo recuerda adolescente, de unos 14 años, cuando Jean Pierre era “un emo hermoso”. “Fue un cruce de miradas. Yo llegaba con otro chico a coger a un departamento en Quito, y él salía de otro con sus padres. Nosotros bajábamos de un ascensor. Recuerdo nuestra mirada cómplice”, dice Oscar. Jean Pierre luego pasó por la carrera de publicidad en la universidad más prestigiosa de Quito, la San Francisco. Cursó con Santiago Castellanos, el decano del Colegio de Comunicación y Artes Contemporáneas, una cátedra sobre teorías críticas primero y otra sobre género después. —Recuerdo perfectamente a Jean Pierre —dice Castellanos en su oficina de la Universidad, en Cumbayá—. En el examen, al medio de semestre, yo sí noté que había un interés de él en esas teorías, sobre todo en un texto de Jack Halberstam donde el autor plantea que las niñas machonas son toleradas socialmente durante más tiempo, en cambio, la feminidad o desviación de la masculinidad en niños es castigada y vigilada mucho antes. Eso fue un punto que desarrolló especialmente. En su carrera no tuvo notas altas, pero en ese examen obtuvo una A. Entonces Jean Pierre no había salido del closet, supe que era gay sólo mucho después, cuando su rostro salió en todas partes porque había sido secuestrado para ser encerrado en una clínica de deshomosexualización.

Halberstam, un académico trans varón, en su trabajo deja claro que ese control temprano sobre los niños produce formas más intensas de represión, patologización y corrección. A la misma edad a ambos, a Jean Pierre y a mí, en dos puntos de este continente inmenso; en el ombligo del mundo, el Ecuador; y en el culo del mundo, la Patagonia, nos dejaron claro que ser femenino, diferentes a los otros varones del montón, era pecado, vergüenza o enfermedad. Jean Pierre recuerda la muñeca que no podía mecer, los tacos que no se podía probar, los golpes para aleccionar. En esa casa en el centro de Quito era su hermano cinco años mayor el que señalaba su feminidad. Y era su padre el que castigaba: a veces a su madre, a veces a los tres. Con él era peor porque lo sulfuraba que le pidiera atención con esos modos; el mohín de un niño suele ser exasperante para un macho ebrio. Con el gesto marica se dispara el macho vengativo. El golpe es la pedagogía más común. A mí, a los seis años me dieron inyecciones de testosterona para masculinizarme, hasta los ocho, al menos ocho veces. En mi caso el tratamiento de conversión de la homosexualidad fue temprano. En su caso, faltaba mucho tiempo para que lo intentaran, con otros métodos.

A medida que los años pasaban Jean Pierre logró sortear la resistencia de su familia yéndose todo el tiempo que podía. Partía a otras casas por temporadas. Desde los catorce lograba quedarse hasta una semana en la de una amiga. Cuando estudió en la San Francisco, a una hora de Quito, dormía en departamentos de compañeras de la universidad. Cuando comenzó a trabajar lograba subarrendar cuartos en casas de amigos. Con la pandemia permanecer con su familia se le volvió insoportable y junto a una amiga se fueron un año a la playa de Montañita. Cuando algo estaba a punto de estallar, o cuando la relación parecía romperse, Jean Pierre migraba.

—Ellos no eran conscientes de que yo me escapaba, que no podía soportar estar con mi familia, sino que pensaban simplemente que me quedaba por ahí trabajando o estudiando. Yo siempre fui así, como que me iba y viajaba, me quedaba acá y me hacía amigo de alguien, luego iba para allá y me hacía amigo de otra persona. Este niño nunca quiso estar en su casa —dice Jean Pierre tomando la tercera persona para hablar de sí—, siempre quiso lo que está viviendo ahora: vivir solo, vivir con su gato, a veces tiene que rebuscárselas, a veces pelear por sus cosas, pero vive con su libertad. Y esa libertad yo sólo la quería porque en mi familia nunca me la dieron o siempre me trataron mal. Siempre sentí que nunca debí estar ahí.

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