La historia detrás del hombre que destrabó el arco en 2017 y sembró la semilla de la Brujineta. Del santuario en Gorina al vestuario actual de los campeones del mundo.

La locura mística de la Selección empezó en 2017 con el “Brujo Manuel”yLionel Messi. Hoy, el mito sigue vivo. Manuel Valdez murió en 2021, pero su aura se agiganta con la celeste y blanca. En este Mundial, la fe se grita desde su altar.
En Gorina, donde durante años atendió a cientos de personas por día, su hijo Walter transformó el lugar en santuario para que los devotos de Manuel tengan cita con la fe. Hasta el galpón lleno de virgencitas y estampitas llegaban Ricardo Fort en Rolls Royce o Guillermo Coppola con amigos. Esta vez, el pedido es por la Scaloneta.

“Nosotros le venimos a pedir al Manu, porque él siempre nos ayudó. Vamos Messi, vamos Manu”, dicen César Pedraza y Silvia Custode, un matrimonio de maratonistas que llevan 46 años juntos. “Manuel te miraba y te decía qué tenías. A mí me habían dicho que, por mi rodilla, no iba a correr más. Y acá me tenés”.
El mito se construyó de boca en boca. De corazón a corazón. Todos juntos: famosos, poderosos y vecinos esperaban horas para ser atendidos por Manuel. En las malas, abrazaban una esperanza. No solo creían en él… lo amaban.
El “Brujo Manuel” ya era famoso en Estudiantes de La Plata, de la mano de otra Brujita, Sebastián Verón.
Era octubre de 2017, en la altura de Quito, Ecuador. La Selección de Jorge Sampaoli tocó fondo. Ganaba o quedaba afuera del Mundial Rusia 2018. El país era un manojo de nervios y sospechas.

Julián Camino y Claudio Gugnali, ayudantes de campo en el seleccionado argentino en la época de Alejandro Sabella, no dudaron. El Brujo Manuel viajó de urgencia, bendijo los botines de Messi y destrabó el arco.
“Vamos a darle una mano a la Selección”, le dijeron Camino y Gugnali. Y Manuel armó el bolso.
Llegó al estadio Atahualpa de Quito unas horas antes del partido. El ambiente estaba pesado, cargado de esa mala vibra que tienen las canchas cuando el fracaso flota en el aire. Manuel entró al vestuario solo. Se acercó a los canastos de la utilería. Agarró cada una de las camisetas, la de Messi, la de Di María, la de Mascherano.Les pasó las manos por encima, despacio, como quien limpia el polvo de un mueble viejo. Después fue a los botines. Uno por uno.
“Había energía negativa para que no puedan jugar ellos”, contó después. Se les trababan las cosas, no podían hacer goles, diría.
Esa noche, Ecuador empezó ganando a los cuarenta segundos. Pero la mística de Manuel ya estaba corriendo por el pasto. Messi frotó la lámpara, metió tres goles celestiales y Argentina clasificó al Mundial. En los pasillos del hotel de Quito, Manuel se cruzó con el Chiqui Tapia. “Él tuvo mucho que ver”, dijo el presidente de la AFA. Messi también habló de Manuel: “Sí, me enteré lo de él, sabía que estaba ahí. No sé si ayudó o no, pero si lo hizo, bienvenido sea. Necesitábamos cualquier cosa para clasificar”.
La popularidad de Manuel estalló, pero él prefería el perfil bajo, apenas daba una que otra nota: “Hacer algo cuando tirás algo malo en la cancha, eso es trampa. Pero hacer oración y pedir las cosas bien, no es maldad. El bien y el mal están ahí, pero yo no hago maldad. Este es mi trabajo. Dios me dio la vida para esto; si no lo hago, estoy perdido”.

“No me gusta que lo llamen Brujo. Manuel era una persona espiritual. Buena. Nunca cobró. A nadie. No hacía brujería, sanaba. Doscientas personas iban a verlo por ayuda”, dice Gugnali. “Vos fijate: se murió de Covid, porque él salía a atender a los que lo llamaban”, advierte Julián.
El gato de Manuel se sienta en el banco de misa del santurario entre Camino y Gugnali. Una recreación de la única foto del Operativo Selección. Gugnali acaricia el gato y confía: “Hola amiguito, hola Manuel, estamos hablando de vos”.
Claudia Minotti y Mauricio Suárez son devotos de Manuel. “Yo cuando vine por primera vez, que me trajo ella, le dije: ‘Olvidate, a mi este no me puede curar ni el empacho’. A nosotros nos cambió la vida. Él te miraba, te agarraba la cabeza y te decía qué tenías”, dice Mauricio. Y Claudia quiere aclarar: “Siempre te pedía: no dejes de ir la médico”. “Yo no te puedo decir las cosas que yo vi acá: cómo la gente se conmovía”, advierte él.

La mística de Manuel acompañó a la Selección más allá de su muerte en 2021. En Qatar 2022, elijo creer. Un brujito por aquí y otro, andá pa allá. La ‘Brujineta’ salió a la cancha. Una barrera energética al cuidado de Messi y de toda la Selección. Hasta la cuñada de Lautaro Martínez era viral en redes por “congelar” la camiseta de los equipos que enfrentaría la Scaloneta.
En el Mundial 2026, los campeones del Mundo se saben cuidar solos: el ritual de los caramelos de Rodrigo de Paul y Leandro Paredes, el baño con agua bendita de Cuti Romero y Licha Martínez, y el palo santo al palo. Que no nos falte el Magiclick y líbranos del mal.
Manuel Justiniano Valdéz tenía cuatro años y medio, tal vez cinco, la edad exacta en que los chicos confunden los camiones con monstruos y los remolinos con magia. Pero esa tarde el aire se dio vuelta. Manuel vio un camión rojo con caja. Vio a un hombre envuelto en una lona. Vio caer del cielo unas piedras grandes y ovaladas, perfectas como huevos de tero. Se lo dijo a su madre con la media lengua de la infancia. Seis meses después, el camión rojo entró al pueblo, en Tucumán. Traía el cuerpo de su padre, muerto de leucemia. También caía piedra.
