¿Estás usando bien el protector solar?: las claves para evitar los errores más comunes
Aplicarlo a tiempo, en la cantidad correcta y no confiarse solo en el FPS son algunas de las claves que marcan la diferencia. Qué recomiendan los especialistas, qué mitos conviene descartar y por qué el protector solar no reemplaza otras medidas básicas de cuidado frente al sol.

Con la llegada del verano, proliferan en redes sociales consejos y advertencias sobre los protectores solares que no siempre tienen sustento científico. Frente a ese escenario, la evidencia médica es clara: la exposición reiterada e indiscriminada a los rayos ultravioleta produce un daño acumulativo que, con el tiempo, se traduce en lesiones precancerosas, envejecimiento acelerado y distintos tipos de cáncer de piel.
Dermatólogos y sociedades científicas coinciden en que la fotoprotección reduce significativamente ese riesgo, siempre que se utilice de manera correcta y acompañada por otras medidas básicas, como evitar el sol en las horas de mayor intensidad, buscar sombra y usar ropa adecuada.
¿Cómo usar correctamente el protector solar?
Los protectores solares deben colocarse sobre la piel descubierta que no pueda cubrirse con ropa, gorra o sombrero. La reaplicación cada dos horas es clave, ya que la protección disminuye con el tiempo. En situaciones de sudoración intensa o luego de nadar, es necesario volver a aplicarlo, incluso si el producto es resistente al agua.
Para que cumplan su función, deben aplicarse entre 20 y 30 minutos antes de la exposición al sol y renovarse cada dos horas. Sin embargo, los especialistas advierten que no funcionan como una barrera absoluta frente a la radiación: son una ayuda más dentro de un esquema de cuidado más amplio.
Se recomienda utilizar protectores con factor de protección solar (FPS) mayor a 50, que cubran tanto rayos UVB como UVA. Las denominaciones como “pantalla total” o “bloqueador total” no implican una protección absoluta: ningún producto logra bloquear el 100% de la radiación solar.
En cuanto a la cantidad, el FPS informado en los envases se calcula en condiciones de laboratorio, aplicando 2 miligramos por centímetro cuadrado de piel. En la práctica cotidiana, la mayoría de las personas utiliza bastante menos, lo que reduce de forma significativa la protección real.
Por eso, los especialistas insisten en un concepto clave: el protector solar no habilita a exponerse sin límites. No reemplaza otras conductas de cuidado como evitar el sol entre las 10 y las 16 horas, permanecer a la sombra y reducir el tiempo de exposición.
Además, el bronceado no es un signo de salud. Cuando la piel se oscurece o enrojece, está reaccionando a una agresión. El aumento de melanina es un mecanismo de defensa frente al daño provocado por la radiación ultravioleta.

Vitamina D: poca exposición alcanza
Una de las dudas frecuentes es si el uso de protector solar impide la producción de vitamina D. Si bien estos productos bloquean parte de la radiación ultravioleta, la síntesis del nutriente requiere muy poca exposición solar.
Para alcanzar niveles adecuados, basta con exponer brazos y piernas durante 10 a 15 minutos, tres veces por semana, sin protector solar, mientras se protegen zonas sensibles como el rostro, las orejas y el cuero cabelludo. Esta exposición puede lograrse en actividades cotidianas al aire libre, sin necesidad de “tomar sol”.
Los especialistas advierten que prolongar la exposición con el argumento de obtener vitamina D anula cualquier beneficio, ya que incrementa de forma directa el riesgo de cáncer de piel.
No, los protectores solares no son cancerígenos
Entre las desinformaciones más extendidas figura la idea de que los protectores solares serían tóxicos o cancerígenos. Hasta el momento, los estudios más sólidos (incluidos metanálisis e investigaciones con grandes poblaciones) no encontraron una asociación significativa entre su uso y un mayor riesgo de cáncer.
Si bien algunos componentes pueden absorberse en mínimas cantidades a través de la piel y detectarse en fluidos corporales, los niveles registrados son bajos y no tienen relevancia clínica demostrada.
En la Argentina, los protectores solares comercializados están autorizados por la ANMAT, lo que implica que cumplen con estándares estrictos de calidad, eficacia y seguridad.
El falso “callo solar”
Otra práctica riesgosa es comenzar el verano con un protector de alto FPS y reducirlo progresivamente a medida que la piel se broncea, hasta dejar de usarlo. A esta conducta se la suele llamar “callo solar”.
La premisa es errónea: el bronceado no protege, sino que evidencia daño acumulado. De hecho, las tasas más altas de cáncer de piel se registran en personas con exposición solar crónica, especialmente trabajadores al aire libre como agricultores, albañiles, pescadores y guardavidas.
Organismos internacionales estiman que una proporción significativa de las muertes por cáncer de piel no melanoma está asociada a la exposición solar laboral prolongada.

¿Son disruptores endocrinos?
También circula la afirmación de que los protectores solares actuarían como disruptores endocrinos. Esta idea surge de estudios realizados en animales o en laboratorio, utilizando dosis extremadamente altas que no reflejan el uso habitual en personas.
Las investigaciones en humanos no han demostrado efectos clínicos claros sobre el sistema endocrino ni sobre la salud reproductiva. La posible actividad disruptora, en las concentraciones usadas normalmente, es considerada baja.
Los organismos regulatorios establecen límites estrictos para estos productos y recomiendan un uso cuidadoso en niños pequeños. Entre los 6 meses y los 2 años, el protector solar debe aplicarse solo en áreas reducidas del cuerpo, priorizando siempre otras medidas físicas de protección.
